13 de agosto: el odio como argumento y la derrota como celebración.

El denominado “paro del pueblo” convocado desde las 10H00 del 13 de agosto por el Colectivo Nacional Unitario de Trabajadores, Indígenas y Organizaciones Sociales, instancia que agrupa a la dirigencia de la CONAIE, el FUT, la Unidad Popular, frentes de masas del PCMLE, así como organizaciones minoritarias como el Movimiento Universitario “Mariátegui”, MIR, MRT, MGTL, anarquistas, entre otros, fue capaz de movilizar cerca de 10.000 personas en Quito, cuyo grueso estuvo en el contingente de clase media, sectores de profesionales como médicos y periodistas, alimentados por el fascismo que representa Andrés Páez. La respuesta de la Revolución Ciudadana fue una tímida concentración de aproximadamente 5.000 personas en la Plaza Grande, incapaz de evitar el cerco que se desarrolló en horas de la noche, fue rodeada por pequeños focos insurrecionales, evidenciando una vez más la poca capacidad de movilización consciente en su defensa. A esta cita se sumaron el PSE, MIR-Poder Popular, PCE, JPP, así como organizaciones venidas de provincia. Las consignas corrían entre el “fuera Correa, fuera, “gobierno popular”, “Correa fascista”, “el pasado no volverá”, “abajo los golpistas”, todas motivadas en el odio y la celebración de la derrota como victoria.

La unidad de la izquierda, con la derecha.

Cuando la izquierda argumenta contra la Revolución Ciudadana su carácter y esencia capitalista, no está demostrando nada que no haya sido ajeno a su programa modernizador. Si consideramos esta característica como argumento suficiente para la unidad, sin un programa o expresión política unitaria que de batalla por la construcción y toma del poder, podemos entender su consistencia superflua y vacía, prontamente diluida y fraccionada en medio de la contienda, cuya capitalización va a parar en manos de la derecha neoliberal que significa Lasso, Carrasco, Páez, Rodas, o la UP, como alternativas con estructura, pues poseen programa y a la vez son expresión electoral.

El argumento de la “unidad” repetido hasta el cansancio una y otra vez como necesidad urgente, no toma en cuenta que esta se construye dejando de lado lo viejo, lo inútil -la reacción dentro de las “filas progresistas”-, por lo tanto, ¿cómo una izquierda revolucionaria puede entender la unidad con el PCMLE?, ¿qué es esta unidad tan superficial?, ¿unidad con quienes y para qué?, ¿cómo se plantea la unidad con un partido cuya característica ha sido decantar históricamente como la ultra izquierda de la ultra derecha?

Los espacios comunes han sido construidos alrededor de la movilización y la confluencia multiclasista, donde la derecha neoliberal y la burguesía se han legitimado como actores políticos, tanto así que las consignas de estos han sido asimiladas por el “movimiento popular” al absurdo de celebrarlas como propias, como en el caso de la ley de herencias.

El “paro del pueblo” como mito.

El denominado “paro del pueblo” fue la prueba de fuego para el Colectivo Nacional Unitario de Trabajadores, Indígenas y Organizaciones Sociales, su capacidad de convocatoria, movilización y disposición de fuerzas a nivel nacional. Los hechos hablaron por sí mismos, el día 13 el paro y su esperada dimensión nacional fracasó. Enfrentamientos y cierres de vías se vivieron principalmente en Loja, Zamora, Cotopaxi, Tungurahua y Pichincha, Morona Santiago, Esmeraldas, Guayaquil, Pastaza, pero no alcanzaron las expectativas planteadas, pues por un lado no fue una movilización de masas propiamente, y por otro, no fueron sectores estratégicos los que actuaron en el paro.

La desconexión constante entre las bases y los dirigentes de la CONAIE, organización en la que al parecer son sólo unos pocos ponchos dorados quienes toman las decisiones, propició que 32 federaciones provinciales de la CONAIE semanas atrás del paro no se adhieran. Los sindicatos que agrupa el FUT al no ser de carácter estratégico, debilitaron aún más las posibilidades de paralizar el país. En resumidas cuentas, el “paro del pueblo” fue un mito que demostró por si solo la derrota histórica de dirigencias consumidas a lo largo de décadas, esta vez en conflagración con la burguesía y la derecha neoliberal.

Un hecho importante y que debe ser considerado como factor sorpresa, fue la capacidad insurreccional demostrada en Quito el 13 de agosto al cercar la Plaza Grande por 5 de sus ingresos  protegidos por la policía, lo que significó una astuta táctica militar de asedio que en condiciones de mayor combatividad y presencia de masas hubieran puesto en serios aprietos la seguridad del acto organizado en respaldo a la Revolución Ciudadana, a esto se sumaron cortes de calle y enfrentamientos en otras ciudades sin causar un mayor impacto.

El desgaste del día 13 mermó la capacidad del paro nacional, las escuetas movilizaciones realizadas desde el 14 al 23 no fueron suficientes para paralizar el país, las organizaciones integrantes del Colectivo Nacional Unitario de Trabajadores, Indígenas y Organizaciones Sociales sufrieron una derrota que por el momento no definirá el escenario, pero sentará un precedente sobre el quehacer de la movilización.

Enemigos de la violencia.

La violencia desatada en las calles fue argumento suficiente para que el gobierno asuma la posición de víctima y las fuerzas represivas de árbitros justos y protectores de los derechos humanos. Sin embargo, no debemos olvidar que el Estado capitalista es y ha sido una organización que históricamente ha ejercido la violencia bajo el argumento de precautelar el “bien común”, siendo esta una de sus premisas máximas utilizará las formas más creativas e innovadoras para justificar su uso, sea por medios legales o ilegales.

Este precedente nos permite pensar el actuar de las fuerzas represivas, el aparataje mediático y la legalidad estatal, que bajo el calor de las acciones callejeras protagonizadas desde el 13 de agosto, han servido para deslegitimar y satanizar magistralmente la violencia popular. Las masas confundidas o con cierta motivación colectiva actuaron bajo el impulso irresponsable de Salvador Quishpe, Jorge Herrera, Carlos Pérez Guartambel, resultado de este han sido 26 indígenas detenidos en Saraguro, sumándose a las casi 50 detenciones en lo que fue el paro.

Independientemente de la posición táctica y programática que tengamos frente a lo que significa la Revolución Ciudadana, hay que reconocer como el nuevo escenario de seguridad y la normativa penal, establece canales de intermediación burocráticos y de solución de problemas bajo condiciones legales punitivas, en consecuencia toda la estructura e infraestructura en seguridad responde a un modelo represivo pese a los discursos de “seguridad humana”, “seguridad ciudadana”, u otros.

Entendemos que dentro de las fuerzas represivas se encuentran muchos individuos provenientes de sectores populares, sin embargo su origen no determina su consciencia, ni mucho menos las decisiones que puedan tomar –reprimir o no  a las masas- al momento de suscitarse actos de violencia. El inexistente proceso de “democratización” de las fuerzas represivas, tal como lo celebra la izquierda de apoyo crítico a la Revolución Ciudadana, debe partir necesariamente por combatir la doctrina de seguridad nacional, aún tan patente en estas pese a que discursos de derechos humanos, avisos antes de la carga o escudos con identificaciones familiares, traten de maquillar esta gran contradicción.

Una revolución sin masas.

Las lecturas más optimistas de la izquierda de apoyo crítico a la Revolución Ciudadana consideran que esta ha sido capaz de generar las condiciones de superación al neoliberalismo, sin embargo, las “tareas democráticas” que esta representa responden a su programa, un programa modernizador capitalista y no a un programa socialista, en el mejor de los casos. Cuando mencionamos esto, no lo hacemos por pura retórica, sino que queremos visibilizar el fallo táctico y la lectura idealista sobre la Revolución Ciudadana, y cuyo costo político para las fuerzas de izquierda que ejerzan el apoyo crítico puede ser demoledor en el corto plazo.

Existe una diferencia abismal entre defender la Revolución Ciudadana, lo que implica a su vez defender su programa considerando como premisa la “radicalización del proceso”, hecho que significaría poder dentro de la estructura de Alianza País -posibilitando un cambio en el programa y su aplicación- o una política de alianzas eficiente –bien una piedra en el zapato para el movimiento oficialista-, y lo que representa la defensa del espacio ideológico, la  nueva dinámica de la contienda y su agotamiento por mecanismos “cívicos”, el aprovechamiento táctico de los niveles institucional y de “participación ciudadana”, efectos muchas veces ajenos al programa de la Revolución Ciudadana.

Esta “honestidad programática” modernizadora capitalista –que no piensa ir más allá de su naturaleza- tiene su correlato en la composición de clase Alianza País y su nexo con las masas, inexistente a nivel orgánico, clientelar y coyuntural, sea en tiempo de elecciones o cuando necesita contrapeso frente a la oposición.

La Revolución Ciudadana es una revolución sin masas que juega sus cartas en contra, los errores políticos y la constante contra propaganda de la derecha neoliberal han debilitado el apoyo popular al momento de disputar el espacio en Quito. Si bien a nivel de provincia esto cambia, y el apoyo es más consistente, es en la capital donde la disputa adquiere características de repercusión nacional.

La concentración del 13 de agosto mostró una vez más el carácter unipersonal de la Revolución Ciudadana, el fanatismo y la irracionalidad política al momento de reconocer los errores cometidos, celebrando una derrota y el agotamiento del diálogo –imposible- con los sectores que representa el Colectivo Nacional Unitario de Trabajadores, Indígenas y Organizaciones Sociales. A esto añadimos el racismo explícito de algunas consignas y la tentación absurda de dar tribuna a actores insignificantes –el caso de la compañera sentimental de Carlos Pérez Guartambel, el teatro protagonizado por Salvador Quishpe-, tara permanente y constante.

La Revolución Ciudadana ha ingresado en un ciclo de retroceso cada vez más crítico, la salida a este efecto directo de su programa es la purga, la crítica, el relevo (cuadros con un poco se sensatez política y autocrítica), traduciéndose en cambios en el programa y estructura, o solución revolucionaria, ambos horizontes aún lejos.

Tareas urgentes.

Es claro que la Revolución Ciudadana no nos llevará al socialismo, esta es una tarea que debemos afrontar los trabajadores, campesinos, indígenas, y sectores progresistas de este país, usando las herramientas que por ahora, dentro y fuera del espacio abierto por la Revolución Ciudadana, nos permitirán ir agotando la contienda cívica a niveles más álgidos de lucha y organización popular. También es claro, que los derechos y servicios a los que accede ahora la población, no son producto de la voluntad de la Revolución Ciudadana, sino del acumulado histórico de lucha popular que los conquistó con organización y disputando la calle.

Esta doble derrota a la que asistimos, el triunfo del odio y la estupidez de la izquierda, es un claro signo de la urgencia de los compromisos que los revolucionarios debemos afrontar fuera de análisis escuetos, idealistas y mecánicos. La tarea es complicada y cada vez más necesaria sino queremos que la derecha neoliberal, dentro y fuera de Alianza País, siga ganando terreno como lo ha hecho hasta ahora.

Para afrontar dicha tarea proponemos comenzar preguntándonos, ¿es posible pensar y organizar un proyecto de izquierda más allá de vanidades, sometimientos, alianzas con traidores históricos, entre otros?, ¿es posible afrontar la consigna del “gobierno popular” en las actuales condiciones que vive la izquierda?

Compañeros, seamos sensatos, empecemos por ello. Un proceso que apunte a crear un nuevo referente de izquierda y a desarrollar formas dinámicas de lucha en medio de la contienda modificada por la Revolución Ciudadana, no será una tarea del corto plazo, pero comenzar a identificar que la oposición de izquierda que conjura con la reacción, o que la Revolución Ciudadana está cumpliendo su tiempo, nos puede brindar luces para la construcción orgánica y política de una izquierda libertaria con incidencia entre las masas.

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