Gramsci y Althusser sobre estado, ideología y hegemonía.

El propósito del presente ensayo es hacer algunas comparaciones entre la obra de Gramsci y la de Althusser en relación a los conceptos de estado, ideología y hegemonía. Intentaremos poner en evidencia que varios de los aportes teóricos de Althusser sintetizados en su famoso artículo “Ideología y Aparatos Ideológicos del Estado” de 1970,  tienen un antecedente en el pensamiento que Gramsci plasmó en los Cuadernos de la Cárcel. El propio Althusser reconoce en una breve nota al pie de página de dicho artículo que en toda la tradición marxista sólo Gramsci pensó al Estado en un sentido parecido al suyo aunque, sin sistematizarlo. Para nuestro cometido presentaremos primeramente la concepción de Gramsci sobre los temas señalados para, en un segundo momento, hacer lo propio con la de Althusser y aprovechar para señalar los puntos de convergencia. El punto de partida para la exposición de las categorías de ambos autores será enmarcado en la forma como se apropiaron de la metáfora marxiana de “estructura-superestructura”, pues de ella parte el resto de sus elaboraciones.

1. Gramsci

Como bien señala Hugues Portelli (1973), Gramsci acuñó el concepto de bloque histórico para dar cuenta de la relación entre estructura y superestructura, la cual es su aspecto esencial. Gramsci no entendió tal relación como la primacía de uno u otro elemento. El estudio de los vínculos que existen entre los dos polos de la unidad es el tema central de su obra. Entre ambos existe una vinculación orgánica: del lado estructural se ubican las clases; la superestructura se refiere a la ideología y la política: “La pretensión […] de presentar y exponer toda fluctuación de la política y de la ideología como expresión inmediata de la estructura tiene que ser combatida en la teoría como un infantilismo primitivo…” (Gramsci, 1970: 276). Es decir, para el pensador italiano la distinción entre una y otra es sólo metodológica, pues en el plano de lo real lo que existe es una articulación orgánica.

Por el momento, dejaremos la estructura de lado y nos concentraremos en la superestructura como lugar privilegiado donde se expresa la ideología y donde se ubica al Estado. Para ello es pertinente recordar que en Gramsci encontramos dos acepciones de Estado. La primera es la definición marxista clásica o “restringida” que lo identifica con el aparato de Estado o sociedad política; la segunda, con la cual trabajaremos, es la noción “ampliada”, que lo piensa como la articulación entre la sociedad política con la sociedad civil: “hay que observar que en la noción general de Estado entran elementos que deben reconducirse a la noción de sociedad civil (en el sentido, podría decirse, de que Estado = sociedad política + sociedad civil, o sea hegemonía acorazada de coerción)” (1999, vol. 3: 76).  Gramsci nos amplía la definición y funciones de una y otra:

Por ahora es posible fijar dos grandes “planos” sobrestructurales; el que puede llamarse de la “sociedad civil”, o sea, del conjunto de los organismos vulgarmente llamados “privados”, y el de la “sociedad política o Estado”, los cuales corresponden, respectivamente, a la función de “hegemonía”  que el grupo dominante ejerce en toda la sociedad y a la de “dominio directo” o de mando, que se expresa en el Estado y en el gobierno “jurídico”. Estas funciones son muy precisamente organizativas y conectivas  (1970: 394)

Según Portelli, la sociedad civil, como totalidad compleja puede ser vista como dirección ideológica de la sociedad, la cual se articula en tres niveles esenciales: “la ideología propiamente dicha, la ‘estructura ideológica’ –es decir las organizaciones que crean y difunden la ideología-, y el ‘material’ ideológico, decir, los instrumentos técnicos de difusión de la ideología (sistema escolar, medios de comunicación de masas, bibliotecas, etc.” (1973: 18)

Por otro lado, la sociedad política tiene caracteres bien definidos: agrupa el conjunto de las actividades de la superestructura que dan cuenta de las funciones de coerción. La función de la sociedad política es el ejercicio de la coerción, pero no se limita al campo policiaco-militar sino que abarca la dimensión jurídica, la coerción legal: “El derecho es el aspecto represivo y negativo de toda la actividad positiva de civilización desarrollada por el Estado” (Gramsci, 1999, vol. 5: 26).

Esta visión se encuentra firmemente anclada en su concepción marxista del Estado moderno como un Estado de clase, en particular del Estado burgués:

El estado es concebido como organismo propio de un grupo, destinado a crear las condiciones favorables para la expansión del grupo mismo, pero este desarrollo y esta expansión son concebidas y presentadas como la fuerza motriz de una expansión universal, de un desarrollo de todas la energías ‘nacionales’, o sea que el grupo dominante es coordinado concretamente con los intereses generales de los grupos subordinados y la vida estatal es concebida como un continuo formarse y superarse de equilibrios inestables (en el ámbito de la ley) entre los intereses del grupo fun­damen­tal y los de los grupos subordinados, equilibrios en los que los intereses del grupo dominante prevalecen pero hasta cierto punto, o sea no hasta el burdo interés económico-cor­porativo (Gramsci, 1999. vol. 5: 37)

Lo que es novedoso en la teoría gramsciana del Estado es que introdujo elementos de análisis que Marx y Engels no lograron teorizar porque los propios estados burgueses europeos que conocieron aquellos y éste habían evolucionado. Si bien el Estado de la época de Gramsci seguía siendo un Estado de clase, lo era con nuevas características. La principal es que había logrado ampliar los intereses de la burguesía hacia cada vez más capas de las clases subalternas, mediante su relativa incorporación económica y política. En la medida en que el Estado logra tales objetivos se puede hablar que está cumpliendo su función hegemónica; es decir, de dirección del conjunto de la sociedad:

El hecho de la hegemonía presupone indudablemente que se tomen en cuenta los intereses y las tendencias de los grupos sobre los cuales la hegemonía será ejercida, que se forme un cierto equilibrio de compromiso, esto es, que el grupo dirigente haga sacrificios de orden económico-corporativo, pro también es indudable que tales sacrificios y tal compromiso no pueden afectar a lo esencial, porque si la hegemonía es ético-política, no puede dejar de ser también económica, no puede dejar de tener sus fundamento en la función decisiva que el grupo dirigente ejerce en el núcleo decisivo de la actividad económica (Gramsci, 1999, vol. 5: 42).

Tal tipo de Estado sólo puede ser realizable si asume la tarea de crear y mantener cierto tipo de civilización y de ciudadanía. A decir de Gramsci, algunas instituciones como el derecho, la escuela, etc. son las ideales para darle eficacia a tal objetivo. Es por ello que habla del Estado educador:

En realidad el estado debe de ser concebido como “educador” en cuanto que tiene precisamente a crear un nuevo tipo o nivel de civilización. Por el hecho de que se opera esencialmente sobre las fuerzas económicas, que se organiza y se desarrolla el aparato de producción económica, que se renueva la estructura, no debe sacarse la consecuencia de que los hechos superestructurales deban abandonarse a sí mismos, a su desarrollo espontáneo, a una germinación casual y esporádica (1999, vol. 5: 25-26).

Es precisamente el contenido de la función hegemónica de ese Estado ampliado educador al cual llamará ideología. Gramsci nos advierte contra lo que considera un elemento de error cuando se habla de ideología: confundir las ideologías orgánicas con las ideologías individuales, entendiendo a las primeras como aquellas que les son necesarias a una determinada estructura social para garantizar su reproducción y a las últimas como las “elucubraciones arbitrarias” de determinados individuos (1970: 363): “Por tanto, hay que distinguir entre ideologías históricamente orgánicas, que son necesarias para una cierta estructura, e ideologías arbitrarias […] En cuanto históricamente necesarias, tienen una validez que es ‘psicológica’: organizan masas humanas, forman el terreno en el cual los hombres se mueven, adquieren consciencia de su posición, luchan, etc.” (1970: 364).

Lo más destacable de este planteo es que, para Gramsci, la prioridad en la reproducción de la ideología dentro de los modernos estados burgueses no está encargada al aparato de Estado en sentido estricto (la sociedad política), sino a un conjunto de instituciones “privadas” que conforman la sociedad civil. Esto fue posible gracias al desarrollo de las revoluciones burguesas que encontraron su perfeccionamiento jurídico-constitucional en el régimen parlamentario que realiza “la hegemonía permanente de la clase urbana sobre toda la población, en la forma hegeliana del gobierno con el consenso permanentemente organizado (pero la organización del consenso es dejada a la iniciativa privada, y por lo tanto de carácter moral o ético, por ser un consenso ‘voluntariamente’  dado de un modo u otro)” (1999, vol. 5: 80).

En otra de sus notas Gramsci señala que a este proceso de construcción hegemónica contribuyen los académicos, filósofos y publicistas, así como los partidos políticos y demás organizaciones de la sociedad civil la cuales, aunque suelen aparecer dispersas, son organizadas por el Estado en los momentos que se trata de emprender acciones de carácter orgánico que requieren el monopolio de los órganos que construyen la opinión pública:

El Estado, cuando quiere iniciar una acción poco popular, crea preventivamente, la opinión pública adecuada, esto es, organiza y centraliza ciertos elementos de la sociedad civil […] La opinión pública es el contenido político de la voluntad política pública que podría ser discordante: por eso existe la lucha por el monopolio de los órganos de la opinión pública; periódicos, partidos, parlamento, de modo que una sola fuerza modele la opinión y con ello la voluntad política nacional, convirtiendo a los disidentes en un polvillo individual e inorgánico (1999, vol. 3: 196)

Sin embargo, Gramsci insistió a lo largo de su obra que la hegemonía no solo es pura construcción de consensos ideológicos, sino la combinación siempre tensa de elementos de fuerza y de dirección ideológica y moral:

El ejercicio “normal” de la hegemonía en el terreno que ya se ha vuelto clásico del régimen parlamentario, se caracteriza por la combinación de la fuerza y el consenso que se equilibran diversamente sin que la fuerza domine demasiado al consenso, incluso tratando de obtener que la fuerza parezca apoyada en el consenso de la mayoría, expresado por los llamados órganos de la opinión pública –periódicos y asociaciones- los cuales, por lo tanto, en ciertas situaciones son multiplicados artificiosamente (1999, vol, 5: 81)

Otro de los aspectos importantes en el pensamiento de Gramsci respecto al papel de la ideología en la reproducción de la dominación es la función que cumplen los intelectuales en el seno de la superestructura. Gramsci identificaba en el proceso histórico la formación de dos categorías intelectuales: 1) Todo grupo social, al estar ligado directamente a algún aspecto de la producción económica, crea orgánicamente una o más capas de intelectuales que le dan homogeneidad y conciencia de su propia función; tanto en lo económico, como en lo social y político:  “Una élite, al menos, de los empresarios, si no todos, ha de tener una capacidad de organización de la sociedad en general, en todo su complejo organismo de servicios, hasta llegar al organismo estatal, por la necesidad de crear condiciones más favorables a la expansión de su propia clase…” (1970: 388); 2) Pero esos grupos sociales, al surgir en la historia a partir de la estructura anterior, encuentra categorías de intelectuales preexistentes, que parecen representar  una continuidad histórica, a pesar de los cambios sociales que haya introducido la nueva estructura. En el caso de la sociedad burguesa, “La más típica de estas categorías intelectuales [de la estructura anterior] es la de los clérigos, monopolizadores durante mucho tiempo (durante toda una fase histórica que se caracteriza, incluso, en parte, por ese monopolio) de algunos servicios importantes: la ideología religiosa, o sea, la filosofía y la ciencia de la época, con la escuela, la instrucción, la moral, la justicias, la beneficencia, la asistencia, etc.” (1970: 389).

Sin embargo, al entrar en crisis el Antiguo Régimen, la importancia de los clérigos y de la Iglesia en su conjunto como órgano privilegiado de producción de la hegemonía también comenzó a decaer. Con el advenimiento de la sociedad burguesa, un nuevo modo de ser intelectual emergió en la escena política: aquél que se encuentra ligado a la actividad práctica; el que funge como “constructor, organizador, persuasor permanente; el intelectual se debe convertir en un ‘dirigente’: un especialista y un político al mismo tiempo” (1970: 392). Estas nuevas funciones de los intelectuales orgánicos de las clases dominantes ya no podían ser desarrolladas en el seno de la Iglesia, sino al interior de un órgano de la sociedad civil que ha ido creciendo en influencia a medida que se va desarrollando la propia sociedad burguesa: la escuela. Como apuntaba Gramsci,

El enorme desarrollo que han tomado la actividad y la organización de la escuela (en sentido amplio) en las sociedades surgidas del mundo medieval indica la importancia que ha llegado a adquirir en el mundo moderno las categorías y funciones intelectuales […] Eso se aprecia por los diversos grados de las instituciones de enseñanza, hasta llegar a los organismo que promueve la llamada ‘cultura superior’ en todos los campos de la ciencia y de la técnica (1970: 393).

Gramsci observaba agudamente que esa formación de las diversas capas intelectuales no se producía en un terreno democrático abstracto, sino de acuerdo a la lógica de la sociedad de clases que destinaba cierto tipo de escuelas a ciertas capas o grupos para que cumplieran sus funciones específicas en el conjunto de la reproducción. Esto es posible gracias a la distribución desigual de los tipos de escuelas en el “territorio económico”; es decir, a cada clase social un tipo de escuela en particular especializada en alguna rama del saber. Esta división opera, a decir de Gramsci, no sólo entre clases, sino al interior de las mismas, posibilitando que diversos grupos de la clase dominante (o sus grupos “auxiliares”) se especialicen en alguna de las funciones de la hegemonía:

Los intelectuales son los “gestores” del grupo dominante para el ejercicio de las funciones subalternas de la hegemonía social y del gobierno político, o sea: 1) del consentimiento “espontáneo”, dado por las grandes masas de la población a la orientación impresa a la vida social por el grupo dominante fundamental […] 2) del aparato de coerción estatal, que asegura “legalmente” la disciplina de los grupos que no dan su “consentimiento” ni activa ni pasivamente; pero el aparato se construye teniendo en cuenta toda la sociedad, en previsión de los momentos de crisis de mando y de crisis de dirección, en los cuales se disipa el consentimiento espontáneo (1970: 394-395).

Ahora veamos cómo en el artículo de Althusser se encuentran de manera explícita e implícita (en la mayoría de los casos) muchas de las aproximaciones de Gramsci a los problemas del Estado, la ideología y la función de los órganos u aparatos encargados de producir y reproducir las relaciones de dominación propias de la sociedad burguesa.

2. Althusser

Al igual que Gramsci, Althusser entiende la relación planteada por Marx  entre estructura y superestructura como lo que es: una metáfora. Metáfora que, como cualquier otra, nos hace ver algo. En este caso es una metáfora espacial que nos señala una tópica que indica que la superestructura político-ideológica (el “arriba”) no podría sostenerse por sí misma si no hubiera un “abajo”: la base económica o material. Althusser encuentra algunas ventajas en esta forma de representarse el conjunto social, pero también encuentra una desventaja: en tanto metáfora, se ubica en el plano de lo descriptivo. Es por ello que, sin abandonarla del todo, el filósofo nos propone tratar de pensar lo que ella nos da bajo la forma de al descripción. En particular, lo que le preocupa es la posibilidad de pensar a partir de la reproducción, lo esencial de la existencia y la naturaleza de la superestructura. Con ello no se deja de lado la relación entre ésta y la base económica, pero se da prioridad a esa “autonomía relativa” de la que habló Marx, poniendo énfasis en las determinaciones al interior de la superestructura que le dan coherencia. Así, el análisis althusseriano sobre el Estado y la ideología parten desde el punto de vista de la reproducción, para luego ser ampliarse al ámbito de la producción y de la relación entre ambas.

En el caso del Estado, Althusser tiene como punto de partida el principio la caracterización marxista del Estado de clase que toma la forma de aparato represivo: “El Estado es ante todo lo que los clásicos del marxismo han llamado el aparato de Estado” (2003: 122). Este aparato comprende no solo la policía, los tribunales, las prisiones, sino también al ejército, y la administración pública en su conjunto. A su juicio, este es el aspecto esencial de la teoría marxista-leninista. Pero, al igual que sucede con la metáfora de estructura-superestructura, está definición también se queda en el nivel descriptivo, por lo que “es indispensable agregar algo a la definición clásica del Estado como aparato de Estado” (2003: 123). Althusser reconoce que en su práctica política los clásicos del marxismo consideraron al Estado como algo más que el simple aparato, pero no lo supieron expresar en la teoría, salvo el caso de Gramsci: el único que siguió el camino tomado por nosotros, en sus propias palabras. Ese algo más que la teoría no logró incorporar se refiere a una realidad que se manifiesta junto al aparato represivo de Estado, pero que no se confunde con él, a saber: los Aparatos Ideológicos de Estado, en adelante AIE.

Partiendo del supuesto marxista de que toda formación social para que pueda operar su producción material, debe reproducir, a su vez, tanto las fuerzas productivas como las relaciones de producción existentes, Althusser lanza la hipótesis de que el núcleo de la reproducción de una de las fuerzas productivas (la fuerza de trabajo) no se circunscribe sólo a la reproducción de su calificación, sino  también a la reproducción de su sometimiento a la ideología dominante: “la reproducción de la calificación de la fuerza de trabajo se asegura en y bajo las formas de sometimiento ideológico, con lo que reconocemos la presencia eficaz de una nueva realidad: la ideología y los AIE.

Althusser define a éstos últimos como “cierto número de realidades que se presentan al observador inmediato bajo la forma de instituciones distintas y especializadas” (2003: 125): aparatos religiosos, escolares, familiar, jurídico, político, sindical, de información, cultural. Es decir, las mismas instituciones u órganos “privados” de la sociedad civil que había identificado Gramsci como productores de la ideología y creadores de los “consensos”.  Esta pluralidad de AIE contrasta con la relativa unicidad del aparato represivo. Otra de las distinciones que encuentra entre uno y otros es que mientras el aparato represivo pertenece enteramente al domino público (la sociedad política según Gramsci), la mayoría de los AIE provienen en cambio del dominio privado (sociedad civil), lo cual no les impide funcionar como aparatos de Estado. En este sentido, podemos afirmar que Althusser mantiene una visión ampliada de Estado similar a la de Gramsci. Sin embargo, la diferencia sustancial la ubica en otra parte: el aparato represivo funciona mediante la violencia, mientras que los AIE funcionan mediante la ideología. O, en términos gramsicanos, coerción y hegemonía o consenso, respectivamente. Más adelante en su análisis Althusser introduce un matiz y sostiene que los AIE funcionan con la ideología como forma predominante, pero utilizan en situaciones límite una violencia atenuada a la cual llama simbólica: “todo aparato de Estado, sea represivo o ideológico, ‘funciona’ a la vez, mediante la violencia y la ideología, pero […] el aparato (represivo) de Estado, por su cuenta, funciona masivamente con la represión (incluso física), como forma predominante, y sólo secundariamente con la ideología” (2003: 127). En el otro lado, también tenemos que los AIE funcionan masivamente con la ideología, pero utilizan secundariamente una represión muy atenuada o simbólica.

Otra de las características de los AIE es que a pesar de su dispersión y sus contradicciones, su función está siempre unificada bajo la ideología dominante que es, por su puesto, la de la clase dominante: “Por lo que sabemos, ninguna clase puede tener en sus manos el poder de Estado en forma duradera sin ejercer al mismo tiempo su hegemonía sobre y en los Aparatos Ideológicos de Estado” (2003: 128). Estas breves líneas de Althusser manifiestan como pocas su deuda intelectual con el pensamiento de Gramsci, que fue el primer teórico marxista que desarrolló el tema de la hegemonía como aspecto central de la teoría del Estado. Otro de los puntos de coincidencia entre los dos autores en cuestión es su comprensión de lo estratégico de esos órganos de la sociedad civil (Gramsci) o AEI (Althusser) en la lucha de clases.

Para este último, tales espacios no son únicamente objeto sino lugar de la lucha de clases, “y a menudo de formas encarnizadas de la lucha de clases” (2003: 128). La clase dominante o la alianza de clases no pueden imponer tan fácilmente sus intereses al interior de los AIE; por lo menos no de la forma como lo hacen con el aparato represivo, “porque la resistencia de las clases explotadas puede encontrar el medio y la ocasión de expresarse en ellos [en los AIE], ya sea utilizando las contradicciones existentes, ya sea conquistando allí posiciones de combate mediante la lucha” (2003: 128). Esta idea no puede sino remitirnos al planteamiento gramsciano sobre el paso de la guerra de movimientos a la guerra de posiciones en la arena política. Tomando esta metáfora de la guerra europea de 1914, lo que Gramsci quería decir es que la lucha de clases en las democracias burguesas ya no podía limitarse a la conquista del aparato de estado, sino a la conquista paulatina de las organizaciones de la sociedad civil (las “trincheras”) encargadas de la función de hegemonía: “la guerra de posiciones en política corresponde al concepto de hegemonía, que sólo puede nacer del advenimiento de ciertas premisas, a saber las grandes organizaciones populares de tipo moderno, que representan como las ‘trincheras’ y las fortificaciones permanentes de las guerra de posiciones” (1999, vol. 3: 244).

Para Althusser al igual que para Gramsci, existe una trinchera que se volvió fundamental en la lucha por la hegemonía; esta trinchera es el aparato ideológico vino a sustituir en las sociedades burguesas al papel que jugaba la Iglesia en el Antiguo Régimen: la escuela, o en términos althusserianos, el Aparato Ideológico Escolar: “lo que la burguesía pone en marcha como Aparato Ideológico de Estado número 1, y por lo tanto dominante, es el aparato escolar que reemplazó en sus funciones al antiguo Aparato Ideológico de Estado dominante, es decir, la Iglesia” (2003: 133). La importancia de la escuela radica en que “toma” a los niños de todas las clases sociales desde muy pequeños y les inculca tanto “habilidades recubiertas por la ideología dominante”, como la ideología en sí misma (moral, filosofía, etc.):

Cada grupo está prácticamente provisto de la ideología que conviene al rol que debe cumplir en la sociedad de clases: rol de explotado […] rol de agente de la explotación […] de agentes de represión […] o de profesionales de la ideología que saben tratar a las conciencias con el respeto, es decir, el desprecio, el chantaje, la demagogia convenientes adaptados a los acentos de la Moral, la Virtud, la “Trascendencia”, la Nación… (2003: 134).

A este respecto, recuérdese lo que apuntábamos anteriormente en relación con el análisis de Gramsci sobre la distribución desigual de los tipos de escuelas y la necesidad de las clases dominantes de “producir” diversas capas de “intelectuales” que cubrieran las dos funciones básicas del Estado en sentido amplio: represión y consenso. Si bien Althusser reconoce que muchos otros de los AIE también reproducen el conjunto de valores y actitudes de la ideología dominante, “ningún Aparato Ideológico de Estado dispone durante tantos años de la audiencia obligatoria […] de formación social capitalista” (2003: 135).

Finalmente nos gustaría señalar algunos de los puntos en común respecto a la estructura  y el funcionamiento de la ideología en los dos pensadores multicitados, en particular en lo referente a la materialidad de aquélla.

Como ya mencionábamos en la primera parte del ensayo, para Gramsci, la dirección ideológica de la sociedad se articula en tres niveles: la ideología, la estructura ideológica y el material ideológico. Como ya nos hemos referido ampliamente a la primera, concentrémonos en los últimos dos aspectos. Cuando Gramsci habla de la estructura ideológica, la entiende como “la organización material destinada a mantener, defender y desarrollar el frente teórico e ideológico” (citado en Portelli, 1973: 23). En ella se agrupan los organismos destinados a difundir la ideología, así como los medios de comunicación social. Gramsci  distingue las organizaciones especializadas en la difusión ideológica de aquellas que incorporan en su actividad general algunos elementos culturales. Las principales dentro de la primera categoría son la Iglesia, la escuela y la prensa. Algunos ejemplos de la segunda son los jueces y el ejército. La estructura ideológica difunde la ideología a través de los medios de comunicación y su material ideológico (teatro, cine, radio, etc,). Ya en los años 30 Gramsci percibió la importancia de los medios audiovisuales en la difusión de la ideología: “son un medio de difusión ideológica  que tienen una rapidez, un campo de acción y un impacto emocional mucho más vasto que la comunicación escrita…” (en Portelli, 1973: 25). Gramsci llegó a reconocer incluso en la arquitectura y en el urbanismo un elemento de la estructura ideológica de las clases dominantes. Como sostiene Portelli, para Gramsci la difusión de la ideología requiere una articulación extremadamente compleja de la sociedad civil en donde es posible distinguir aspectos como campo, gradación, estructura y difusión de la ideología.

Por otro lado, para Althusser, “Las ideologías no son puras ilusiones (Errores) sino cuerpos de representaciones que existen en las instituciones y prácticas: figuran en la superestructura y se basan en la lucha de clases” (1975: 85). Es decir, la ideología tiene una existencia material: “Esta ideología habla de actos: nosotros hablaremos de actos en prácticas. Y destacaremos que tales prácticas están reguladas por rituales en los cuales se inscriben, en el seno de la existencia material de un aparato ideológico, aunque sea de una pequeña parte de ese aparato” (2003: 143). Esta sería otra forma de describir la estructura ideológica de la que hablaba Gramsci.

Consideramos que con lo hasta aquí expuesto hemos evidenciado el grado de convergencia del las categorías de Althusser y Gramsci y cómo el pensamiento de éste último influyó (tal vez más de lo que el propio Althusser reconoció en su artículo) en la teoría de los Aparatos Ideológicos de Estado. Con ello reconocemos la importancia decisiva de los aportes de ambos a la moderna teoría del Estado que, partiendo de las premisas básicas de los fundadores del marxismo, ha ampliado el horizonte del análisis, brindándonos novedosas vetas para la interpretación y la acción política.

Miguel A. Ruiz Acosta, colaborador CEPY, docente de las carreras de Sociología y Política en la Universidad Central del Ecuador.

Bibliografía. 

Althusser, Louis “Ideología y Aparatos Ideológicos de Estado” (1970), en Zizek, Slavoj, Mapa

de la ideología, México, FCE, 2003.

———Elementos de Autocrítica, Medellín, Ediciones Norman Bethune, 1975.

Gramsci, Antonio, Antología (selección, traducción y notas de Manuel Sacristán),

México, D.F., Siglo XXI, 1970.

——–Cuadernos de la Cárcel (Edición crítica del Instituto Gramsci, volúmenes 3 y 5),

México, D.F., ERA-BUAP, 1999.

Portelli, Hugues, Gramsci y el bloque histórico, México, D.F., Siglo XXI, 1973.

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