El ecosocialismo y la revolución.

El tiempo se nos acaba. El espacio se estrecha. Las opciones se simplifican…Ecosocialismo o barbarie

Jorge Riechmann

En el prefacio a su reciente libro sobre el Ecosocialismo, Michael Löwy definió a esta corriente política como aquella basada en la siguiente tesis: “la protección de los equilibrios ecológicos del planeta, la preservación de un medio favorable para las especies vivientes –incluida la nuestra- son incompatibles con la lógica expansiva y destructiva del sistema capitalista” (Lowy 2011: 11). Esta tesis ha sido sostenida y fundamentada durante las últimas décadas por notables investigadores, militantes y movimientos sociales a lo ancho del mundo, quienes han dado cuenta de la crisis multidimensional, de alcance civilizatorio, que atraviesa la humanidad, como queda de manifiesto en el Proyecto de Declaración Universal del Bien Común de la Humanidad, preparado para el Foro Social Mundial por François Houtart (2013). Tomando como punto de partida la señera obra de Marx sobre la naturaleza y la dinámica del Modo de Producción Capitalista (MPC), y enriqueciéndola con los aportes teóricos y las luchas cotidianas de millones de hombres y mujeres de todo el planeta contra la avasalladora fuerza destructiva del capital, el movimiento ecosocialista ha ido tejiendo un discurso crítico que articula los principales aportes de dos importantes tradiciones políticas: el socialismo y el ecologismo. Este paradigma sostiene que las aspiraciones de cada una de esas tradiciones (una sociedad mundial de libertad, igualdad y fraternidad auténticas, por un lado; y el restablecimiento del equilibrio metabólico entre sociedad y naturaleza, por otro) no sólo no son incompatibles, sino que sólo podrán realizarse de forma conjunta.

Para ser más claros: lo que plantea el ecosocialismo, en tanto discurso crítico, es la identidad sustancial entre el desarrollo del MPC y la devastación social y ambiental de la humanidad y el resto de la naturaleza; y, en tanto programa político en construcción, la urgencia de transitar hacia una nueva civilización basada en la generalización de relaciones (económicas, políticas, culturales) de cooperación entre los seres humanos que, a la vez que nos permitan satisfacer nuestras necesidades materiales y espirituales, así como desarrollar libremente nuestras potencialidades creativas, no pongan en riesgo la supervivencia a largo plazo de la propia especie ni de la reproducción de los ecosistemas que le dan sustento al resto de la vida.[1] Es decir, el ecosocialismo apunta a la superación de la escasez (natural o socialmente producida) que ha marcado la historia de la humanidad,[2] para dar paso a una sociedad planetaria en donde lo dominante sea la riqueza, pero entendida de forma radicalmente diferente a como hoy se la piensa y se la persigue: no como acumulación y despilfarro de mercancías, sino como la entendía el Marx de los Grundrisse: “¿qué es la riqueza sino la universalidad de las necesidades, capacidades, goces, fuerzas productivas, etcétera, de los individuos, creada en el intercambio universal?” (citado en Veraza 2012: 129-130).

Por ello, la gran pregunta del ecosocialismo es ¿Cómo se puede ir transitando del actual estado de desequilibrios múltiples (inequidad en la distribución de las riquezas, mala repartición de la cantidad y la calidad del tiempo de trabajo y el tiempo libre entre las diferentes clases sociales, alteraciones radicales en los ciclos biogeoquímicos planetarios -del cual el calentamiento global no es sino su expresión más dramática-) hacia un estado de restablecimiento de dichos equilibrios? En breve: ¿Cómo podemos construir una sociedad mundial en donde esté garantizada la reproducción de la vida buena para la presente y para las futuras generaciones?

Como se aprecia, la tarea no es menor, sobre todo si consideramos que el actual estado de cosas es y será férreamente defendido por aquellos grupos sociales que han sacado provecho de los desequilibrios a los que hemos hecho referencia. En primer lugar, nos referimos al conjunto de las clases dominantes del orbe: terratenientes, banqueros, grandes industriales y comerciantes, y demás capas de las burguesías: transnacionales y criollas; productivas y rentistas; de los países de Norte, pero también aquellas del llamado Sur Global, las cuales no dudan en aliarse con las primeras para sacar su tajada, sin importarles, en la mayoría de los casos, que esa tajada esté fundada en lo que Marini (1973) llamaba la superexplotación del trabajo, o en la devastación ambiental, como bien conocemos en el Ecuador, en donde lamentablemente aún siguen abiertas las heridas de actividades “productivas” que dejan tras de sí una horrenda estela de desequilibrios socioambientales, por lo que algunos autores como Veraza (2012: 169 y ss.) sostienen la tesis que, bajo el capitalismo, un sinnúmero de fuerzas productivas mutan en fuerzas destructivas, desplegándose en la paradójica historia del MPC, que es a la vez progreso y decadencia.

Nos referimos, por supuesto, a las consabidas actividades primario-exportadoras (producción de banano, de camarón de granja, pesca industrial, extracción de madera, plantaciones de palma, explotación de hidrocarburos, etc.), pero también a otras que, a primera vista, parecen inofensivas, pero no lo son: producción agropecuaria basada en un alto consumo de agrotóxicos; urbanización altamente demandante de energías fósiles y materiales para la construcción y fuente inagotable de producción de desechos…Y con ello no queremos decir que dichas actividades no producen valores de uso que satisfacen ciertas necesidades de quienes los consumen; tampoco ignoramos que la riqueza monetaria resultante de esas actividades es repartida socialmente, bajo la forma de salarios y ganancias empresariales, aunque  normalmente de forma muy desigual, quedando las migajas para los trabajadores y la tajada de león para los dueños de los medios de producción y de intercambio; es más, aún reconociendo que algunas de esas ramas, al estar basadas en la propiedad social de recursos naturales -como el petróleo- permiten la captación y distribución estatal de riquezas monetarias que luego pueden ser invertidas en el de desarrollo de otras fuerzas auténticamente productivas como la salud, la educación, las vías de comunicación para la integración de las diferentes regiones de un país, aún así, tales actividades no dejan de ser ambiguamente productivas/destructivas, pues arrojan riqueza para algunos, y miseria para otros: destruyendo o degradando tejidos sociales y territorios, los cuales podrían dar sustento a otro tipo de economías en las que la generación de bienestar par unos no estuviera basada en la producción de devastación para otros.

Bajo esas circunstancias comienzan a entrar en disputa dos formas de valoración de los llamados recursos naturales: por un lado, una visión que sólo presta atención a la potencial renta en dinero que puede captar y distribuir el Estado –aun a costa de la devastación socioambiental a escala local–; y, por el otro, un tipo de valoraciones de los grupos humanos enraizados en los territorios, para quienes la explotación a gran escala de dichos recursos por parte de agentes a los que se considera “externos” (empresas públicas o privadas, nacionales o transnacionales) frecuentemente supone la erosión de su capacidad para controlar las fuentes inmediatas de la reproducción de su vida, con lo que también pierden autonomía política y fuerza social.

Las tensiones consustanciales a la multiplicidad de formas (sociales y tecnológicas) bajo las cuales se pueden aprovechar dichos bienes de la tierra,  vuelven las luchas ecosocialistas tareas harto complejas, pues implican el doble reto de luchar, al mismo tiempo, por una distribución equitativa de las fuentes de la riqueza (las llamadas “fuerzas productivas”, entre las cuáles no sólo se incluye la tierra, el agua, la ciencia y la técnica, sino también el conjunto de saberes que garantizan la reproducción de la vida: educación, salud, etc.), y por la transformación radical de aquellas fuerzas que se han vuelto destructivas, aunque en el presente sean ellas mismas fuentes de producción de riqueza.

En este sentido, si bajo el actual orden del capital, la técnica ha quedado subsumida como el dominio de la naturaleza, bajo un orden no capitalista, la técnica debería transformarse –como sostuvo hace casi un siglo W. Benjamin (1987)– en el dominio consiente de la relación entre naturaleza y la humanidad. Pero esto sólo puede suceder en un orden social en donde sean los diferentes productores “libres y asociados”, los que planifiquen conscientemente todos los aspectos de su reproducción, en donde la política y la economía, hoy en día escindidas por la primacía del mercado capitalista y por el ciego mecanismo de la acumulación de capital, se reintegren bajo la conducción ya no de un Estado de clases –que siempre será una forma social en donde se encuentran separados gobernantes y gobernados– sino de una totalidad social que articule a los diferentes espacios reproductivos de los seres humanos: comunidades, barrios, asociaciones de productores y consumidores, etc.[3]

Por supuesto, la emergencia de ese tipo de sociedad, está a contrapelo de los intereses de los poderosos de hoy y de mañana, quienes lucharan -y en esto no debemos ser ingenuos- con todos los mecanismos (legales y extralegales, de consenso y de coerción) que estén a su alcance para no perder los privilegios a los que han estado acostumbrados. La virulencia de su resistencia será tal –y la historia de la humanidad es testigo de ello- que el proyecto ecosocialista supone, evidentemente, el despliegue de un sujeto social de carácter mundial con vocación revolucionaria. De alcance mundial, porque sólo en esa escala es posible construir una auténtica alternativa al (des)orden del capital; con vocación revolucionaria, porque no bastará con pequeñas o medianas reformas al actual modo de producción para garantizar que el proceso de transición llegará a buen término. Si bien es cierto que las reformas son necesarias –y algunas de ellas con carácter de urgente, como la regulación efectiva de las emisiones de los gases de efecto invernadero- si no retomamos la radicalidad de la tradición socialista y comunista del Siglo XIX, aquella que se planteó como horizonte utópico la propiedad y la gestión auténticamente social y democrática de los medios de producción, distribución y  consumo; si no reactualizamos esa radicalidad, insistimos, el capital será capaz de reinventar sus mecanismos de explotación y dominación, incorporando aquí y allá algunas medidas de carácter remedial, pero sin abandonar nunca las dos fuentes de su propia existencia: la expoliación de la naturaleza y la explotación del trabajo social, por una pequeña parte de la humanidad.[4]

La necesidad histórico-civilizatoria de la emergencia de ese nuevo sujeto revolucionario nos exige plantearnos algunas cuestiones teórico-prácticas de carácter insoslayable, cuyas respuestas se encuentran aún hoy en estado larvario, pero no por eso inexistente:

  • ¿Por dónde empezar? Como sugiere Lebowitz (2007), esta cuestión se relaciona con la concepción de praxis revolucionaria implícita en la obra de Marx, para quien la tarea política apuntaba simultáneamente a la modificación de las circunstancias que se quería cambiar y a la transformación de los propios sujetos que impulsan dichos cambios. En este sentido, el punto de partida del ecosocialismo podría ser el fortalecimiento de las luchas que actualmente ya se despliegan en esa dirección, al tiempo que el trabajo de formación política y de construcción de las alianzas necesarias para el mejor despliegue de una estrategia de transición, cuyos ejes centrales han sido sugeridos, entre otros, por Tanuro (2011).
  • ¿Cómo se articulan las diferentes luchas locales, nacionales, en torno a la construcción del sujeto revolucionario de alcance mundial? Así como la vieja idea del socialismo en un solo país estaba destinada al fracaso, debemos admitir que la lucha por el ecosocialismo necesariamente tendrá que ser de alcance planetario, por lo que deberemos ser muy creativos en cómo articular luchas locales y nacionales a una estrategia global, lo cual requiere el funcionamiento de órganos permanentes de discusión y apoyo entre los diferentes pueblos del mundo. Es en ese sentido que, más allá de lo afortunado o no del nombre, es imprescindible la confluencia de tales luchas en una especie de Quinta Internacional Ecosocialista: un espacio no sólo de encuentro, sino también de desarrollo de capacidades organizativas y de acción que articule las experiencias locales y nacionales y las vaya integrando en el proceso revolucionario de carácter global. Esta necesidad ya ha sido expresada, entre otros, por el presidente de Venezuela, Hugo Chávez, y comienza a ser discutida en espacios como la Red Internacional Ecosocialista, de la que Löwy es animador.
  • ¿Cómo se van resolviendo las tensiones entre la estrategia de largo plazo y las necesidades políticas de corto plazo? A nuestro juicio, esta pregunta se relaciona con el problema de la hegemonía, tal como lo entendía Gramsci. Para el revolucionario italiano, una estrategia con horizonte poscapitalista, en el marco de sociedades en donde la densidad de la sociedad civil (medios de comunicación, escuelas, iglesias, organizaciones de los ciudadanos) ha adquirido cierta importancia, la lucha política pasa necesariamente por la conquista de esos espacios, en donde pueden ir germinando las semillas del nuevo orden social. No obstante, también es indispensable que los pueblos reconozcan la necesidad imperiosa de hacerse con el control del aparato estatal, ya que en el se condensa parte importante del poder social, y puede servir como instrumento tanto de opresión, como de liberación, sin perder de vista que, en los aparatos de Estado existentes –por más progresivos que sean- siempre están encarnados los intereses, prácticas y valores de la civilización capitalista, por lo que desde allí surgirán permanentemente resistencias a transformaciones profundas. Además, las fuerzas hegemónicas mundiales (los estados imperialistas, las clases dominantes, etc.) conspirarán permanentemente contra las conquistas de los pueblos que hayan puesto en marcha luchas de liberación, por lo que es necesario que esos pueblos vayan acumulando fuerza y librando las batallas en la medida de las posibilidades de sus triunfos, para no echar en saco roto sus conquistas, pero sin perder de vista el imperativo de la transformación radical, es decir, la superación del orden del capital. En este sentido, los movimientos ecosocialistas deberán, necesariamente, ir transformándose ellos mismos en sujeto hegemónico, capaz de dirigir el proceso revolucionario, el cual no se dará de un solo golpe, sino a través de victorias sucesivas y de la superación de los reveses que se padezcan en la lucha.
  • ¿Cómo sortear la polaridad entre la necesidad inmediata de democratizar las actuales fuerzas productivas/destructivas y la necesidad de más largo plazo de transformar o desarrollar nuevas fuerzas genuinamente productivas, de carácter sustentable, que den soporte a ala buena vida de la presente y las futuras generaciones? Como sugiere el Proyecto de Declaración Universal del Bien Común de la Humanidad, la democratización generalizada de todas las instituciones y relaciones sociales, supone democratizar la propiedad de las fuerzas productivas, hoy altamente concentradas. No obstante, dicho proceso deberá ir a la par del desarrollo de nuevas fuerzas productivas que expresen, desde el principio, el nuevo carácter democrático de las relaciones sociales. Es decir, no bastará con “democratizar” la tierra, el agua, la tecnología y el tipo de industrias hoy existentes –condición necesaria, pero no suficiente, de un proyecto ecosocialista-; también será prioritario desarrollar nuevas formas de usar esa tierra y esa agua, así como el despliegue masificado de antiguas o nuevas tecnologías y saberes que no representen un peligro considerable para la reproducción de la vida –en el corto y en el largo plazos– como los casos de la energía nuclear y los organismos genéticamente modificados. En este sentido, no debemos caer en falsa disyuntiva sobre qué se debe priorizar: democratizar lo que ya existe, o crear alternativas. Se debe avanzar simultáneamente en ambos caminos.

Una reflexión final.

Las luchas ecosocialistas ya están hoy en marcha: la podemos ver en la recuperación de las tierras por los aquellos militantes del MST que logran transformarlas en espacios de producción de alimentos con técnicas agroecológicas; aparecen allí donde campesinos, indígenas y pescadores se ponen de pie ante las amenazas de desposesión de sus territorios a manos del capital (ya sea éste petrolero, minero, maderero o agroindustrtial); se atisban en aquellas ciudades en donde se ensayan iniciativas que priorizan el transporte público y tecnológicamente limpio sobre el privado de los automóviles; emergen en todos aquellos rincones del planeta en donde los trabajadores y trabajadoras, de la ciudad y del campo, luchan por recuperar y regenerar los medios de vida que alguna vez les fueron arrebatados por los poderosos, poniéndose a laborar comunitariamente en la producción de valores de uso para satisfacer sus necesidades…

No obstante, la simple sumatoria de estas luchas, no acabará con el orden del capital; se necesita organización y programa, estrategia y táctica, voluntad y fuerza, y todo ello en lo local, en lo nacional y en lo planetario; simultánea y orgánicamente.

Miguel A. Ruiz Acosta, colaborador CEPY, docente de las carreras de Sociología y Política en la Universidad Central del Ecuador.

[1] Tal como es apuntado por Riechmann: “El socialismo, como sistema social y como modo de  producción, históricamente se definió por la aspiración a que en él el trabajo deje de ser una mercancía, y la economía se ponga al servicio de la satisfacción igualitaria de las necesidades humanas. El ecosocialismo añade a las condiciones anteriores la de sustentabilidad: modo de producción y organización social cambian para llegar a ser ecológicamente sostenibles” (2012: 179).

[2] Quien mejor captó la importancia de la relación de escasez en la historia humana fue Sartre, quien expuso su dialéctica formal como escasez del producto, de la herramienta, del trabajador, y del consumidor; así como una dialéctica histórica-concreta, que es la forma bajo la cual se despliega la escasez en cada época histórica determinada (Sartre 2004: 278 y ss.).

[3] Como sostiene Mészáros, “La reconstrucción de la esfera reproductiva, material y política es la característica definitoria del modo socialista de control metabólico social” (2007: 69, énfasis del original).

[4] En este sentido, coincidimos con Löwy, cuando, retomando el planteamiento de la Rosa Luxemburgo de ¿Reforma o revolución?, apunta: “no podemos llegar al socialismo por la acumulación gradual de reformas; sólo una acción revolucionaria, que derribara el muro de piedra del poder político de la burguesía, podría iniciar una transición al socialismo”. Entrevista con Michael Löwy, recuperada de: http://www.rebelion.org/noticia.php?id=162612. Consultada el 22.01.13.

Bibliografía.

Benjamin, Walter (1987): Dirección Única, Buenos Aires: Alfaguara.

Houtart, François (2013): Proyecto de Declaración Universal del Bien Común  de la Humanidad, Quito: IAEN.

Lebowitz, Michael (2007): El socialismo no cae del cielo: un nuevo comienzo, Caracas: Monte Ávila.

Löwy, Michael (2011): Ecosocialismo. La alternativa radical a la catástrofe ecológica capitalista,

Buenos Aires: Ediciones Herramienta-Editorial el Colectivo.

Marini, Ruy Mauro (1973): “Dialéctica de la dependencia” en Marini, R.M. (2008): América Latina, dependencia y globalización, Bogotá: CLACSO-Siglo del Hombre, pp. 107-149.

Mészáros, István (2007): El Siglo XXI ¿Socialismo o barbarie?, Caracas: Monte Ávila.

Riechmann, Jorge (2012): “El Socialismo puede llegar sólo en Bicicleta  (entrevista de Salvador López Arnal)”, Papeles Nº 119, pp. 175-190.

Sartre, Jean-Paul (2004): Crítica de la razón dialéctica, vol. 1, Buenos Aires:  Losada.

Tanuro, Daniel (2011): Fundamentos de una estrategia ecosocialista.Recuperado de:             http://www.vientosur.info/articulosweb/noticia/?x=3811.

Veraza, Jorge (2012): Karl Marx y la técnica desde la perspectiva de la vida. Para una teoría marxista de las fuerzas productivas, México: Ítaca.

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