1 de mayo: reinvención de la política y lucha por la hegemonía en la clase trabajadora ecuatoriana.

Las movilizaciones convocadas para recordar la gesta obrera del 1 de Mayo evidenciaron el creciente ambiente de polarización que vive el Ecuador, a medida que el proyecto nacional de la Revolución Ciudadana va transformando su carácter en medio de cambios geopolíticos y de correlación interna de fuerzas. Las tensiones políticas y mediciones de fuerzas lograron en general convocatorias masivas posibilitando en Quito tres espacios de confluencia política –San Francisco, Santo Domingo y el Parque del Arbolito-, rompiendo con un quietismo de las centrales sindicales quienes desde la emergencia de los movimientos sociales de corte étnico cultural no han podido hegemonizar el descontento popular y de clase media. Las plataformas fueron amplias y variadas, por un lado el sector hegemonizado por Alianza País a través de la figura de la Central Unitaria de Trabajadores (CUT), de reciente creación, llegó dividida entre una dirigencia complaciente con el régimen –reunidos en Santo Domingo-  y un sector descontento por la novena enmienda constitucional, representado por el parlamento laboral en donde participan importante sindicatos como el de la Empresa Eléctrica Quito y de los hospitales públicos –reunidos en el parque el Arbolito-, y por otro, el convocado por el Colectivo Unitario Nacional de Organizaciones Sindicales, Indígenas y Sociales del Ecuador en confluencia con la Unidad Popular (UP), antiguo Movimiento Popular Democrático (MPD), el Frente Unitario de Trabajadores (FUT), la CONAIE, ECUARUNARI, así como espacios fuertemente influenciados por el Partido Comunista Marxista Leninista del Ecuador (PCMLE), quien capitaliza la movilización –reunidos en San Francisco-, aunque cabe decir que no tienen la hegemonía frente a la totalidad de manifestantes. Según fuentes no oficiales, en Quito se contabilizaron cerca de 20.000 a 60.000 marchantes en la marcha opositora que terminó en la plaza de San Francisco, mientras que la convocatoria de la Revolución Ciudadana finalizó en la plaza de Santo Domingo con un aproximado de 50.000 a 60.000 personas. No obstante, y antes de pasar a desarrollar nuestro análisis, se debe establecer que  los números no reflejan necesariamente el nivel de consciencia o proyecto político de un sector, sino más bien plantean un escenario de medición de fuerzas ya que ambos sectores tienen grandes carencias en torno a la conciencia política de las masas.

Tarima y viejos discursos. La derecha aprovecha el escenario.

La movilización del Colectivo Unitario Nacional de Organizaciones Sindicales, Indígenas y Sociales del Ecuador es parte de una estrategia política a largo plazo que busca desarrollar la emergencia de un nuevo tiempo insurreccional, fortaleciendo el descontento y sosteniendo los espacios para movilizaciones articuladas con las clases medias, mismas que actúan como líderes de opinión que minan la legitimidad popular del proyecto de la Revolución Ciudadana, haciendo más difícil el ejercicio del diálogo y cerrando a la construcción de soluciones políticas. Los sindicatos hegemonizados por el PCMLE y otras dirigencias de larga data, más el rezago opositor de la CONAIE de Herrera y Tibán, generan y permiten sostener momentos de movilización –como la defensa de la casa de la CONAIE- que con la activa colaboración de clases medias van desarrollando la capacidad de articular a los sectores de derecha, la burguesía comercial, la ultra izquierda, ecologistas, feministas, artistas, estudiantes, obreros y trabajadores quienes buscan en última instancia la defenestración de Correa, como se pudo notar en el único grito unificador de la marcha: “fuera Correa, fuera”. La notoria desorganización de la plataforma es parte de la estrategia política ya que la incapacidad para la construcción de una consigna unitaria y por ende un planteamiento político que vaya más allá de la lucha absoluta contra Correa, misma que beneficia a quienes están formados para conducir el proceso político, planificarlo y cumplirlo en torno a un objetivo único. Esto se evidenció en los hechos como una serie de consignas descoordinadas, emitidas desde el descontento, la desinformación, y el juego a la derecha, donde se atacaba al proceso Cubano o Venezolano, consolidaron la marcha como un espacio multiclasista con un guion prefabricado a partir del análisis poco profundo de  la Ley de Justicia Laboral, las reformas al Código del Trabajo, el retiro del aporte estatal del 40% al IESS, y otros temas manipulados por los medios de comunicación. Conocidas prácticas del viejo mundo sindical se volvieron a evidenciar, la lista obligatoria, la falta de cuadros políticos en los sindicatos, el exagerado espíritu economicista, el nulo cambio generacional en las dirigencias, la fijación en Rafael Correa como principio y fin del proceso de la Revolución Ciudadana, así como el corto y escuálido análisis del proceso. La composición de clase del bloque generado desde el Colectivo Unitario Nacional de Organizaciones Sindicales, Indígenas y Sociales del Ecuador no refleja un programa revolucionario, una estrategia y táctica, o un posible espacio a disputar en términos hegemónicos, sino un oportunismo cómplice para la rearticulación de las fuerzas neoliberales, verdadero proyecto político de las élites financieras que no ha podido ser desmontado y del que el mismo gobierno depende. Pese a que sectores como ecologistas, agrupaciones ultra izquierdistas, artistas, estudiantes, ciertos sindicatos o plataformas sobre los derechos de género, se plantean públicamente como espacios de independencia política, las cartas y la movilización tienen dueño, quien capitaliza políticamente es la Unidad Popular, quien ya cuenta con más de 350.000 afiliados en todo el país. A nivel mediático, es la derecha de CREO, PSP, PSC-Madera de Guerrero, SUMA, Movimiento Participa, las cámaras de comercio e industria, quienes usarán el escenario post 1 de Mayo convocado por los sectores populares en oposición al régimen como victoria particular. La exitosa jornada no apunta –por ahora-, a captar votos, sino a “calentar” la calle para posibles enfrentamientos orquestados por la derecha, como a su tiempo sucedió en Venezuela o Bolivia. A esto podemos añadir que es en los hombros de la numerosa y poco orgánica ultra izquierda, aventurerista, y ávida de “acción directa” que se movilizó dentro de este bloque, donde recaerá la tarea de grupo de choque. No obstante, estamos seguros que dentro de los variopintos sectores que se vincularon a este espacio, existen núcleos críticos que no responden a las ideas de las viejas dirigencias sindicales, y que pueden ser actores de un proceso revolucionario vinculado desde un programa específico y no desde consignas exageradas o suposiciones.

Una oportunidad. Nadie sabe lo que tiene hasta que lo pierde.

Por otro lado, la CUT y su apoyo a la Revolución Ciudadana, movilizó una gran cantidad de trabajadores, obreros, servidores públicos, indígenas, campesinos, estudiantes, artistas, pobladores de Quito, bajo una consigna más contundente y unitaria, aunque desgastada por los errores de conducción que se traducen en decisiones verticales y prácticas sectarias de los liderazgos nacionales de Alianza País, que junto a una tecnocracia burocrática no responden a las necesidades populares y no han permitido la consolidación de espacios de poder popular dentro de la institucionalidad, logrando en esta contradicción desarrollar un proceso de masas potente, fuera o con conexiones leves con la institucionalidad. La CUT es un espacio altamente clientelar en disputa entre sectores del ejecutivo y Alianza País, sin embargo sus nuevos liderazgos siguen la misma escuela clásica ya instalada en la estructuras sindicales nacionales, cuya diferencia es que estos están legitimados por el Estado. Respondiendo al proyecto de la Revolución Ciudadana, los trabajadores de la CUT consolidaron una sola línea discursiva con alto contenido de clase y recuperación de símbolos de izquierda, planteando una profundización  del momento político; se evidenció la existencia de bases populares y estructuras políticas de izquierda cercanas al gobierno, que han sabido digerir los mensajes contradictorios de la Revolución Ciudadana más allá de las limitaciones modernizadoras del proyecto hegemonizante y aún apuestan al desarrollo de las fuerzas progresistas y revolucionarias dentro de este gobierno que no se acaba de definir. El error más común para caracterizar el evidente apoyo popular que tuvo Alianza País es pensarlo como una gran maquinaria clientelar de “sánduches con cola”, ya que este elemento argumental tan apreciado por los líderes de opinión, asume como punto de partida que el pueblo organizado solo puede estar en juego mediante la eterna oposición al proyecto político de turno para garantizar sus derechos. Esta tesis que demuestra pereza intelectual y que pese a su inutilidad como herramienta de análisis, es el primer filtro para evaluar el carácter masivo de las marchas, debido a que es funcional para el desarrollo de un clima de manipulación y una herramienta de direccionamiento conductual. Sectores como médicos de hospitales públicos, maestros articulados con la UNE, clases medias burocráticas, y en especial la clase alta heredera del sistema de hacienda, que junto con las clases medias, grupos ecologistas y las Organizaciones No Gubernamentales (ONG´s), son los principales contradictores del proceso por la pérdida de sus privilegios y canonjías de clase. En este marco hay una serie de organizaciones y bases no organizadas del mundo popular, articuladas en torno a la impresionante política pública, que generada por la economía planificada del gobierno, han sido aprovechadas por este para posibilitar condiciones de gobernabilidad. Alianza País ha creado sus propias estructuras orgánicas sin llenarlas de contenido; políticamente hablando no responden a una formación de izquierda que luche por un proyecto socialista estricto, aunque esta idea ronde en “general” y no tome una forma concreta, el gobierno no ha logrado cooptar a las organizaciones sociales y su tendencia al interior no es uniforme ni hegemónica, sino más bien floja y suelta. Consideramos  que el proyecto levantado por Alianza País es un espacio que debe ser disputado política e ideológicamente desde estas organizaciones sociales, pues contienen estructuras organizativas más flexibles y abiertas, caso contrario –en su mayoría- las viejas organizaciones, impermeables a toda posición que desestabilice las eternas dirigencias. Así, creemos que es fundamental la consolidación, ampliación, desarrollo, politización y conciencia de estos espacios organizados, en el marco de la intendencia de clase.

Hacia un Izquierda Libertaria y un proyecto hegemónico desde los trabajadores.

Como habíamos señalado, uno de los problemas de la izquierda ecuatoriana es la falta de análisis sensatos sobre la realidad, así como estrategias y tácticas en lo orgánico hacia la acumulación de fuerzas en función del poder popular con miras al Socialismo, lo que motiva una doble batalla, traduciéndose en el debate honesto y real con la vieja izquierda y sus organizaciones, así como con el emergente proyecto difuso cargado de progresismo que se ha asentado en la CUT y otros espacios creados por el gobierno, que nos lo ha aprovechado más que en época de elecciones o cuando ha necesito demostrar fuerza. Pensar y ponerse a producir teoría, así como organizar a los sectores populares  apostando a un proyecto hegemónico con dirección de la clase trabajadora, es una necesidad urgente que los trabajadores de las ideas debemos plantearnos y cumplir. Este proyecto hegemónico debe nacer y ser expresión del agotamiento de la contienda cívica en la Revolución Ciudadana, motivando la organización y conducción de amplios sectores de la sociedad ecuatoriana. No nos referimos a trabajar en Alianza País o en sus estructuras, sino a gastar el discurso exigiendo mediante canales inteligentes y adecuados, que aumenten la organización, confianza, capacidad de movilización y politización de la clase trabajadora y los sectores populares, multiplicando el poder popular a lo largo y ancho del país. Apuntamos a una Izquierda Libertaria, como un gran bloque revolucionario cuyos motores sean un programa, estrategia y táctica con una base fundamental en el poder popular y la independencia de clase, acompañadas del exhaustivo y profundo análisis de realidad ecuatoriana, permitiéndonos avanzar hacia un país más justo y democrático.

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