Crítica al espíritu positivo: Bakunin y la posibilidad del conocimiento social.

Federalismo, socialismo y antiteologismo es una de las principales obras de Miguel Bakunin, escrita en 1867, responde a su etapa materialista atea  (Cappelletti, 2012). Rastreándose signos positivistas en ella, mantenidos semánticamente como metodología de exposición, son superados en el desarrollo de la obra por su caracterización revolucionaria del conocimiento como producto colectivo, fuera del campo limitado de los “especialistas”, además que describe las potencialidades del sistema anarquista como apuesta histórica.

Bakunin reconoce la influencia del pensador francés Augusto Comte en el desarrollo de su apuesta teórica –quizá no de forma tan clara-, conservando ciertos rasgos de la literatura positivista en cuanto a la posibilidad de un conocimiento científico, positivo, que rehúya del campo teológico y metafísico. “He took from Comte the scientific defense of atheism and the general principle of Comte’s positivism, that science could produce “positive”, certain, and true knowledge about the world and the humanity”. (Leier, pág. 230)

Se puede considerar que existe cierto esquema compartido –sin duda por influencia de Comte-, en el tratamiento de la evolución del pensamiento y sus estadios de desarrollo; ambos consideran que la humanidad ha atravesado tres etapas, una teológica, una metafísica –aún en transición-, y una positiva, a esta última Bakunin extiende su posición materialista[1] en vías de darle un contenido revolucionario adquiriendo otra significación. “Como en el desenvolvimiento histórico del espíritu humano, la ciencia positiva llega siempre después de la teología y después de la metafísica, el hombre llega a la ciencia ya preparado y considerablemente corrompido por una especie de educación abstracta”. (Bakunin, 1979, pág. 242)

Este sistema abstracto que “trae consigo” el género humano[2], favorece lo que las etapas previas de desarrollo del conocimiento –teología y metafísica-, expresaron sistemas de verdades absolutas, pautas que la ciencia necesita para desarrollarse.

“el espíritu humano renuncia desde ahora a las investigaciones absolutas que no convenían más que a su infancia, y circunscribe sus esfuerzos al dominio, desde entonces rápidamente progresivo, de la verdadera observación, única base posible de los conocimientos accesibles en verdad, adaptados sensatamente a nuestras necesidades reales” (Comte, 1999, pág. 7)

El revolucionario ruso reclama de Comte una definición atea, posición en la que el autor francés no asume –semánticamente- su sistema de ideas. Para ambos –más para Bakunin-, la creencia producida por el estadio teológico, y su continuación metafísica, inaugura un tipo de conocimiento no exacto, no científico, y cuya validez –más allá del sentido de la vida- está puesta en duda siempre –por su supuesto carácter absoluto, dogmático. Este mal, reproducido continuamente en la sociedad, como resultado de una forma de organización histórica dada y reproducida por las formaciones sociales derivadas de la división social del trabajo, naturaliza el papel del hombre en la historia, y justifica la sociedad tal y como se presenta.

La justificación extendida como un límite –en la era positivista- al conocimiento, supone para Bakunin el regreso a un nuevo estadio de misticismo y absoluto, que encuentra por techo la capacidad de los seres humanos para abstraer el mundo y las relaciones –sociales- dadas, “la perfección científica debe limitarse a aproximarse a aquel límite ideal tanto como lo exijan nuestras diversas necesidades reales” (Comte, 1999, pág. 8); por lo que plantea que este techo no estaría limitado por la voluntad de quienes abstraen y se inclinan por el conocimiento, sino por el avance de la ciencia y la tecnología en un contexto determinado; lo que no se conoce hoy, se podrá conocer mañana[3].

Augusto Comte y sus discípulos podrán predicarnos la moderación, la resignación, e hombre no se moderará ni se resignará nunca. Esta contradicción está en la naturaleza del hombre y sobre todo en la naturaleza de nuestro espíritu, armado con esa potencia de abstracción, no reconoce y no reconocerá nunca ningún límite a su curiosidad imperiosa y apasionada. (Bakunin, 1979, pág. 249)

Existen dos alarmas que Bakunin enciende en este sentido, la primera, que el conocimiento científico recaiga en manos de “especialistas” únicamente –los dadores-, funcionando como una suerte de árbitro social entre las clases, favoreciendo lógicamente a la burguesía. Si bien Comte habla da cierto uso social del conocimiento, queda la interrogante de a quienes se les entrega –socialmente, o por encima de la sociedad- la capacidad de su creación, considerando que el proletariado enajenado por el trabajo “no posee las condiciones para ello”[4]. Esto conlleva a pensar que el conocimiento es creado y recreado en una casta particular, donde el individuo –probablemente no aislado de la sociedad- es su productor. Al respecto, Bakunin expone la posibilidad del conocimiento colectivo, implicando una revolución social que destruya las relaciones dadas y naturalizadas por la explotación –especialización productiva. “No se trata aquí de la experiencia de un solo hombre (…) La ciencia tiene pues, por base la experiencia colectiva, no sólo de todos los hombres contemporáneos sino también de todas las generaciones pasadas. Pero no admite ningún testimonio sin crítica”. (Bakunin, 1979, pág. 244)

El gran peligro de la casta de los “especialistas” es la creación de un gobierno –segunda alarma-, que recurriría en una nueva teología, una teología “científica” basada en la creencia en el progreso resultanto del conocimiento científico[5] –deshumanizado y sin crítica-, “la escuela positiva tiende, por un lado, a consolidar todos los poderes actuales en manos de sus poseedores, cualesquiera que sean, y, por otro, a imponerles obligaciones cada vez más conformes a las verdaderas necesidades de los pueblos”. (Comte, 1999, pág. 47)

La crítica es clara, y no sólo incluye a los positivistas, sino a toda pretensión que ponga la ideología por encima de la ciencia y de la historia, tara común entre diferentes concepciones “científicas” que subestimaron el espíritu teológico que traían en su interior, al poner la voluntad o ideas en abstracto por encima de los hechos. Los efectos de esta pereza mental evocan un pasado “primitivo”, donde se conserva aún lo trascendental y divino como paradigma de sentido frente a lo desconocido; pese a que visten una capa de aparente cientificidad, la fe ciega en la ciencia –como si fuese a histórica- puede traer serios problemas al desarrollo de la sociedad, desde su atraso –no desde una concepción positivista de progreso- hasta su extinción.

“El gobierno de la ciencia y de los hombres de ciencia, aunque se llamen a sí mismos positivistas, discípulos de Augusto Comte, o incluso discípulos de la escuela doctrinaria del comunismo alemán, no puede dejar de ser impotente, ridículo, inhumano, cruel, opresivo, explotador y pernicioso”. (Bakunin M. , 1978, pág. 70)

Carlos Pazmiño. Investigador CEPY, licenciado en Comunicación para el Desarrollo, estudiante de magíster en Sociología FLACSO-Ecuador.

Notas.

[1] Quiere decir que en su concepción materialista histórica hay una crítica al poder y al Estado, que lo separa de la linealidad histórica expuesta en el positivismo y en el marxismo –progreso indefinido e inevitabilidad histórica.

[2] Esta “carga histórica” no está expresada en ideas abstractas, fuera del mundo y la sociedad, son producto del desarrollo de las sociedades y los sistemas de creencias que se suceden con los diferentes sistemas productivos en la historia, son el refuerzo ideológico de la dominación bajo la imagen de lo trascendental y divino.

[3] Al respecto señala la utilidad de ciencias como la física, química y la astronomía, limitadas en su época, pero con posibilidades de desarrollo ilimitadas en la historia. La preocupación de Bakunin sobre el techo positivista radica en la vuelta a lo trascendental y divino.

[4] Asegurando que en la era industrial las conciencias serían suficientes –conciliación entre clases.

[5] Tomar en cuenta la “neutralidad epistemológica” de las ciencias –como bien de consumo masivo- en la academia, o el despojo de su papel político –liberar u oprimir- y de clase.

Bibliografía

Bakunin, M. (1978). Ciencia y autoridad. En G. P. Maximoff, Mijaíl Bakunin. Escritos de filosofía política (A. Escohotado, Trad., Vol. I, págs. 70-76). Madrid: Alianza.

Bakunin, M. (1979). Obras completas (Vol. III). (D. de Santillán, Trad.) Madrid: Las Ediciones de la Piqueta.

Cappelletti, Á. (27 de 12 de 2012). Revista Polémica. Recuperado el 5 de 12 de 2014, de http://revistapolemica.wordpress.com/2012/12/27/la-evolucion-del-pensamiento-filosofico-y-politico-de-bakunin/

Comte, A. (1999). Discurso sobre el espíritu positivo. Madrid: Biblioteca Nueva.

Leier, M. (2006). Bakunin. The creative passion. New York: St. Martin´s Press.

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